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En la soledad (5)
#1
En la soledad



I


¡Madre Naturaleza!... Yo que un día,
prefiriendo mi daño a mi ventura,
dejé estos campos de feraz verdura
por la ciudad donde el placer hastía,


vuelvo a ti arrepentido, amada mía,
como quien de los brazos de la impura
vil publicana se desprende y jura
seguir el bien por la desierta vía.


¿Qué vale cuanto adorna y finge el arte,
si árboles, flores, pájaros y fuentes
en ti la eterna juventud reparte,


y son tus pechos los alzados montes,
tu perfumado aliento los ambientes
y tus ojos los anchos horizontes?



II


Más precio en este valle y pobre aldea,
términos de mi vida peregrina,
despertar cuando el aura matutina
las copas de los árboles menea;


y al volver de mi rústica tarea,
hora, en la tarde, cuando el sol declina,
mirar, desde esta fuente cristalina
el humo de mi humilde chimenea,


que en la rodante máquina lanzado
cruzar como centella por los montes;
pasar como relámpago el poblado;


robar, en fin, el péndulo un segundo,
y en pos de los finitos horizontes,
sentir la nada al abarcar el mundo.



III


Hay junto a la ventana de mi estancia
un laurel de la sombra protegido,
en donde guarda un ruiseñor su nido
apenas de mi mano a la distancia;


y entre el verde follaje y la fragancia,
celoso, ufano, amante, requerido,
dice su amor con lánguido quejido
y dulce y elevada consonancia.


Las horas de la noche una tras una
en sigilosa hilera huyendo el día,
siguen el curso a la encantada luna...


Y en esta soledad, el alma mía
goza, sin envidiar cosa ninguna,
de su quieta y feliz melancolía.



IV


¿Qué fueron al gran Carlos sus hazañas
en la celda de Yuste recogido?
El quiso relegarlas al olvido
y ellas emponzoñaban sus entrañas.


Suele el que nace humilde en las cabañas
dejar su techo y olvidar su ejido,
por el lucro del mar embravecido,
por el sangriento lauro en las campañas.


Mas el recto varón que honró su historia
sin codiciar fortuna envilecida
ni envidiar de los Césares la gloria,


un apartado albergue le convida
a esperar sin tormento en la memoria
la breve muerte de su larga vida.



V


Lamentos de hembra y lloros de nacido;
duelos de viuda y quejas de casados;
de la vejez y el hambre los cuidados,
que cesan cuando espira el afligido...


¡Nacer! ¡Vivir! ¡Morir! Después ¡olvido!
¡Los siglos son sepulcros numerados
de seres mil y mil tan olvidados
cual sino hubiesen en el mundo sido!


Y el corazón es péndulo que advierte,
con vaivén de dolor, que a la existencia
sólo enjuga las lágrimas la muerte.


¿A dónde, pues, con bárbara violencia,
río de la vida, corres a perderte,
si no es tu mar la Santa Providencia?
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